Equidad social y Parlamentarismo: la polémica por Fernando Dworak
En esta ocación les presentamos la continuación de un debate entre Fernando Dworak y Ricardo Becerra la cual, seguramente, va a dar mucho de sí. Vale la pena darle un seguimiento oportuno pues en éste abordan temáticas importantes para la vida nacional y que muchas veces dejamos de lado por no tener foros en donde expresarlas. Este texto de Dworak, publicado en Gurú Político de esta semana, es un pretexto ideal para formar parte de esta polémica y emitir nuestros puntos de vista el respecto; es por eso que los invitamos cordialmente a que lo revisen y participen.
El pasado sábado 17 recibí un correo electrónico de Ricardo Becerra, director del Instituto de Estudios para la Transición Democrático, donde comentó la columna “Parlamentarismo: un debate frívolo”, publicado en Gurú Político el 7 de julio.
A solicitud del Sr. Becerra, incluyo el texto de su réplica. Una vez terminado, incluyo mi respuesta.
Texto de Ricardo Becerra
LO QUE DECIMOS Y LO QUE DICEN QUE DECIMOS.Señor Dworak:
Soy Ricardo Becerra, del Instituto de Estudios para la Transición Democrática. Habitualmente recibo sus escritos, y esta vez, leo un alegato suyo contra nuestro documento “Equidad Social y Parlamentarismo”. No me extraña su desacuerdo con nosotros, me extraña, eso sí, su lectura tan apresurada y descuidada. Hemos elaborado ese documento para discutirlo con quien lo desee y para que sea criticado, pero queremos que sea criticado por lo que dice, no por lo que usted nos hace decir, nos atribuye o caricaturiza para liarse en una pelea a modo, desde la comodidad de su blog.
Le respondo en tres puntos:
1) De un pase se deshace de una de nuestras tesis centrales: la absoluta necesidad de crear una red mínima de protección social. Usted escribe:
“Es cuestionable que las políticas de bienestar sean tema para refundar un país. Más allá de valoraciones, la intervención del Estado en los mercados y la provisión de bienes y servicios es materia de oferta partidista, concretamente de izquierda…. Imponer un modelo de desarrollo a nivel constitucional basado en una red de protección social le restaría capacidad al Estado para enfrentar problemas derivados de la misma como aparatos burocráticos, ineficacia, intereses enquistados y corrupción: tal y como sucede en México. También hay mucho por analizar sobre el papel del estado de bienestar en las crisis que enfrentan varios países europeos.”
Así, nada más. En un párrafo usted hace evidente su desdén por el tema social -la pobreza y desigualdad- el más importante de México, en nuestra opinión.
Le pido que se fije en todos los datos y las evidencias expuestas en nuestro texto; ellas demuestran que la década de los 2 mil es la peor en materia de desempeño económico y bienestar social, en casi un siglo. En estos diez años, la tasa media de crecimiento ronda el 1.5-1.9%, peor incluso que en los años treinta (con guerra mundial y gran depresión incluidas). La migración masiva de este tiempo, el nivel de empleo (solo dos veces anuales, en 28 años, hemos creado las plazas necesarias), el declive de los salarios medios y el largo etcétera que usted ignora, olímpicamente, en nombre de abstractas razones gerenciales.
Nuestro punto es muy sencillo: si vamos a seguir nuestro viaje en la globalización, realizando cambios de mercado, buscando incrementos de eficiencia y productividad, es preciso ya, brindar un piso de seguridad a los ciudadanos, como lo hacen todos los países civilizados: seguro incondicionado, que le proporcione recursos líquidos en caso de desempleo y una reconstrucción de la seguridad social centrada en la salud. Una red de aseguramiento público contra los riesgos esenciales de la vida: desempleo, vejez, invalidez y enfermedad. Para edificar esa “infraestructura de la equidad”, se esté o no dentro del sistema productivo, se requiere encarar la reforma estructural más largamente pospuesta, lo mismo por populistas que por neoliberales, al menos desde hace 51 años: la fiscal.
Es posible que se requieran nuevas reformas –incluso otra tanda reformas liberalizadoras-, pero es absolutamente necesario que México construya ese Estado social de derechos, precisamente para hacer viables, soportables y aún, legítimas las reformas, reformas que, por otro lado, tienen la peculiaridad de ser llevadas y pagadas siempre por los mismos: los asalariados del sector formal y los desempleados que se quedan al margen.
La última frase de ese párrafo no viene a cuento pero es imposible dejarla pasar. Dice usted que hay que tomar en cuenta “el papel del estado de bienestar en las crisis que enfrentan varios países europeos”. Resulta que para usted señor Dworak, la crisis financiera, desatada por la invención fraudulenta de derivados y por la propia liberalización del sector, tiene su caldo primigenio en las estructuras del Bienestar social.
No han pasado ni dos años del descubrimiento de la gigantesca estafa global protagonizada por banqueros y financieros en Estados Unidos y ya están fraguándose argumentos que insinúan que la crisis fue consecuencia de la irresponsabilidad de las clases medias bajas (trabajadores se llamaban antes), empeñadas en hundir el sistema con sus desaforadas demandas. Cualquiera que oiga a expertos como usted, llegará a pensar que la crisis ha sido provocada por millones de trabajadores que en todo el mundo occidental reclamaron aumentos de salarios intolerables, pensiones descabelladas, médicos y medicinas, “privilegios” imposibles de asimilar por un sistema libérrimo que hubiera funcionado bien si no es por esa locura que contagió a las clases medias bajas a finales del siglo XX y comienzos del XXI.
Ese razonamiento (si es posible llamarlo así) invierte toda lógica y muestra a las claras, las bases peregrinas que sostienen a posiciones tan ideológicas como la que usted expresa. La crisis europea y la global –que nos arrojó al -6.5% del PIB el año pasado- es una crisis debida a la desregulación financiera, a las creencias en la magia de los “mercados completos”. Esas ideas fanáticas del libre mercado son las que embellecieron el proceso de difusión del riesgo y son ellas las que colocaron el manto para que admitiéramos la legitimidad de la voracidad crediticia, la irresponsabilidad y el fraude que ahora conocemos hasta por la vía penal (in Goldman, Sachs we Trust).
2) Luego, en otro de sus párrafos apunta: “El documento atribuye numerosas cualidades al parlamentarismo: la generación de acuerdos de largo alcance, un mayor apoyo popular, la deliberación y discusión ilustrada en las cámaras y un menor patrimonialismo. Sin embargo, una revisión desapasionada muestra que las expectativas no tienen sustento.”
Nuestro punto, señor Dworak es arribar al Parlamentarismo más por necesidad que por elección o por virtud. Lo que decimos es esto: dada la estructura de partidos real, dividida en tres grandes corrientes que son ya históricas y por tanto no prescindibles, estamos condenados a un escenario permanente en el que el partido que lleva al Presidente de la República no tiene reflejo mayoritario que le acompañe en el Congreso. Lo que nos ha pasado y seguirá pasando en esta arquitectura constitucional y con esta estructura de partidos, es un Congreso que acaba volviéndose uno de los principales desafíos y complicaciones al Ejecutivo.
Desde el año 1997 el partido con más votos no alcanza el 40%, ni siquiera el 35% (y la tendencia es a decrecer). Pura aritmética. Esa es nuestra historia política, machacona, desde hace 15 años. Y decimos que ante esa realidad de fuerzas, votos y representación, lo que nos queda es intentar un gobierno de coalición. Y que los gobiernos de coalición son naturales en el Parlamentarismo. Ese es nuestro diagnóstico y eso es lo que decimos: Parlamentarismo porque es el formato que mejor ajusta a nuestra realidad plural.
No tengo la menor de dónde saca usted que el Parlamentarismo traerá una discusión ilustrada y menor patrimonialismo en el Estado. Ambas son aspiraciones nuestras y que apuntamos en el texto, en efecto, pero que llegarán con otras acciones y medidas, jamás le colgamos tales virtudes a ningún régimen de gobierno por sí mismo.
Le guste a usted o no, la pluralidad es el hecho decisivo de la política mexicana. Desde 1997 la realidad electoral confirma el rostro heterogéneo, diverso y profundamente desigual de México. De cara a los comicios del año 2012 podemos prever que el país volverá a expresar su adhesión a tres grandes corrientes políticas y una variedad de formaciones disímbolas. De esa suerte, el escenario más probable es el que han confirmado las cinco elecciones federales precedentes: un Presidente que emana del tercio mayor de votantes frente a un Congreso integrado por una mayoría opositora.
¿Y qué vamos a hacer? Podemos repetir el libreto de los últimos tres lustros; podemos ensayar alternativas mayoritarias, dispositivos ingeniosos y más o menos autoritarios, para otorgarle al Presidente una mayoría que el electorado no le dio. Pero también podemos –según nuestro documento- diseñar un nuevo régimen político que se ajuste a la realidad sin asfixiarla: un tipo de arreglo Constitucional que necesita de las coaliciones para poder gobernar mediante un acuerdo público entre partidos; un programa de gobierno común y un gabinete de compromiso que emerja del Congreso. Así funciona el Parlamentarismo.
3) Todo esto y más dice nuestro documento, pero con mucha prisa y poco análisis usted sentencia: “En su simplicidad, el documento genera la impresión equívoca de que el cambio de régimen es cuestión de que todos los actores políticos se pongan de acuerdo”… el IETD “propone modelos generales que sólo incrementan el temor al cambio”… “Por desgracia el documento del IETD no ofrece un cómo llegar a ese punto y se desgasta en un ejercicio de imaginación sin sustento. Bienvenido el debate serio”.
Convendría que la admonición se la aplicara a sí mismo con algún rigor, porque en lo que hace a nosotros, usted se ha peleado con sombras, sin mostrarse capaz de entender el centro del diagnóstico y de la propuesta.
Hay en su texto, una obsesión desmedida por los sucedáneos del presidencialismo (decreto, iniciativa preferente) y por las medicinas favoritas de los free-riders autóctonos con más o menos dinero (candidaturas independientes, reelección). Y en su afán fuerza a nuestro texto a debatir con su marco preestablecido… obviamente no le cuadra el círculo porque no son nuestros temas ni elaboramos así nuestro diagnóstico. La frivolidad se esconde pues, allí: medir lo que se lee a partir de los prejuicios con muy poca disposición para leer con calma, escuchar y cambiar el análisis y el encuadre de los problemas.
Termino: el problema político central de México, es cómo gobernar la pluralidad y como salir del estancamiento continúo. Esos grandes y graves problemas necesitan de una gran coalición para encararlos. Es obra de la política y los políticos aunque no le (me) gusten. Y el Parlamentarismo es la casa natural de las coaliciones, Esa es nuestra propuesta; es lo que si decimos. Son las coordenadas del debate que vale la pena.
Un buen comienzo sería colocar esta respuesta en su blog…Ricardo Becerra.
RESPUESTA DE FERNADO DWORAK
Estimado Sr. Becerra:
Antes que nada, le agradezco su respuesta. En el mejor afán de responder a sus argumentos, seguiré el orden numérico que estableció:
1) De ninguna forma muestro un desdén por el tema social mismo que, por supuesto, no me es ajeno. Incluso comparto sus preocupaciones. Sin embargo, mis comentarios se dirigen a lo que ustedes llaman en su presentación, “un cambio de régimen político que preserve todo el espacio de libertades ganadas durante la última parte del siglo XX”, como segundo punto distinto a la creación de “una red de protección social universal, incondicionada, sin excepciones”.
Podríamos estar de acuerdo con el espíritu de una reforma hacendaria. Sin embargo no veo en el texto una sola propuesta clara, indicando los textos a modificar y bajo qué parámetros, especialmente cuando ya existen muchas iniciativas articuladas en el escenario nacional (viables o inviables). ¿Qué necesitamos para lograr estos objetivos? ¿IVA generalizado? ¿Otra u otras reformas? ¿Cuáles leyes deberíamos cambiar? Si no se establece un programa claro, el documento que ustedes elaboraron puede terminar en un conjunto de buenos deseos. Creo que usé el término “pensamiento mágico” en alguna parte del artículo que comentó.
Con respecto a las estructuras de bienestar social y dejando de lado la debacle financiera de los mercados bursátiles, cabe mencionar que las estructuras financieras de seguridad social en Chile y México, por ejemplo, se encuentran financieramente rebasadas sin que esto implique descalificación o culpabilidad alguna hacia los trabajadores o desempleados de país alguno.
Bajo este argumento, un aparato burocrático desmedido disminuye de manera proporcional la capacidad gubernamental para hacer frente a una crisis de mercados, como la que atinadamente describe.
Fuera del razonamiento que usted ofrece (si es posible llamarlo así), las líneas que apunta obedecen en mi opinión, a una escuela de pensamiento (algo que legitimé como parte del juego político, independientemente de que coincidamos o no). Me explico: la burocracia siempre busca la justificación de su existencia y difícilmente baja sus demandas en cuanto a asignación de recurso. ¿Cómo pretenden regular y controlar a la maquinaria burocrática? En Europa no han podido.
Incluso ustedes escriben en el último párrafo de la página 30 lo siguiente: “no apostamos, claro está, a que el Estado se desate en una espiral voluntarista de gasto incontrolado; mucho menos porque el déficit sea utilizado para engrosar la burocracia o el gasto corriente; decimos, sí, que el déficit es un instrumento de política económica y que debe usarse siempre con responsabilidad y en atención al ciclo económico, impulsando prioritariamente la inversión en la infraestructura, ampliando las posibilidades de crecimiento del conjunto de la actividad del país y en atención expresa a las necesidades de la sociedad”. Para ser más exactos, ¿cómo piensan disminuir el aparato burocrático y regular sus constantes crecimientos desmesurados?
2) De ninguna forma niego u oculto que nuestra democracia no ha sido capaz de generar los cambios que tanto necesitamos. Simplemente afirmo que no hay evidencias reales de que un cambio de régimen signifique la concreción de los cambios que caracterizan a un sistema u otro. Es vital tomar en cuenta el contexto. Desarrollé mis postulados en el documento.
El sistema parlamentario se apoya, entre otras cosas, en mayorías cohesivas pues la única vía para acceder al poder es a través de la carrera parlamentaria. Por otro lado, los sistemas presidenciales pueden establecer lazos de colaboración entre los partidos cuando hay una mayor independencia de los legisladores de sus institutos políticos – algo que en nuestro país no se permite por la falta de reelección, no porque tengamos partidos adecuados al sistema parlamentario.
En Iberoamérica diversos países han sabido generar arreglos en el gobierno para permitir coaliciones en los congresos sin que haya mediado un cambio de régimen. Si de las buenas intenciones que generaron el documento objeto de este debate “casi sin querer”, ¿por qué no realizar “con serias intenciones” un estudio comparado que permita identificar con claridad los puntos antes de plantear un cambio de régimen? Mi respuesta, como obra en el texto, es: porque no hay evidencia concluyente que muestre la conveniencia o viabilidad de cambiar de sistema de gobierno bajo las condiciones reinantes.
Reitero: antes de pensar en un cambio de régimen es preciso desarticular aquellos elementos que distorsionan el sistema presidencial en México, mismos que fueron diseñados históricamente para legitimar y apuntalar a un partido hegemónico. Esto, aunque complejo por las inercias que hoy enfrentamos, es mejor que pensar en un cambio de régimen sin considerar todas sus implicaciones.
Sobre el debate ilustrado y el patrimonialismo, y haciendo honor a la verdad, tras una nueva lectura del documento del IETD veo que estas cualidades no se atribuyen al parlamentarismo en sí. Reconozco que hay un error de interpretación de mi parte vista la ambigüedad del texto que cito: “el pluralismo realmente existente debe ser criticado por su falta de aliento, por la ausencia de ideas relevantes, por su reiterada incapacidad para la deliberación genuina e ilustrada (…)”. Agradezco su aclaración.
Despejada la confusión, me es de especial interés conocer su propuesta para alcanzar debates genuinos e ilustrados.
Más allá de esto, mi argumentación central se basó en los seis puntos que se encuentran en las páginas 47 y 48 del documento de IETD, los cuales traté con el debido detalle y que usted, dicho sea de paso, no ha contraargumentado más allá de su evidente oposición.
En su réplica comenta: “Le guste a usted o no, la pluralidad es el hecho decisivo de la política mexicana”. El que México sea un país plural más allá incluso de las connotaciones políticas es de mi más sincero agrado, aunque no pretendo hacer tales manifestaciones a propósito de su documento, le guste a usted o no. Sencillamente atribuyo la falta de eficacia a un régimen que, entre otros elementos, genera soluciones cortoplacistas al no existir un solo operador que pueda dar seguimiento a un arreglo después de la siguiente elección y que, por ello, premia la irresponsabilidad de toda una clase política.
Por ello reitero mi posición: antes de embarcarnos a discutir un tema como el cambio de régimen y quemar las naves sin tener un diagnóstico claro sobre qué funciona y qué no, sería más conveniente tener un programa puntual de cambios que, por su dinámica, lleven a otros. Dejo ver los temas más importantes desde mi perspectiva en el texto al que usted hace réplica.
Incluso hablé sobre algunos temas de diseño institucional básicos que se deberían considerar si se desea transitar a un parlamentarismo, como el federalismo y el sistema de partidos. No descarto la posibilidad de que México pueda llegar a ser algún día un sistema parlamentario. Sin embargo, el documento que ustedes presentan generó los cuestionamientos que le hago saber y que más allá de gustarle o no, no me han sido respondidos con contraargumentos más allá de la manifestación de sus percepciones.
Pensar que un sistema ideal se puede alcanzar sólo con imaginarlo es ignorar los detalles finos de un arreglo, ya que las instituciones se perfeccionan y ajustan de manera empírica.
En este sentido, ningún país llega a diseñar un sistema perfecto desde el papel. Incluso los regímenes más estables son aquellos que han sabido adaptar sus reglas a un entorno cambiante. Pensar en modelos acabados desde antes de iniciar a instrumentarlos, sin tener tampoco un diagnóstico claro sobre su posible funcionamiento y sus puntos débiles, tiene la misma consistencia que creer que se puede curar una gastroenteritis con un trasplante de estómago.
3) Me alegra que mi “round de sombras” como usted lo llama, haya generado una reacción tan apasionada de su parte. Cierto, un análisis más detallado correspondería a un estudio académico que detalle la hipótesis, las metodologías, que incluya una dita de fuentes, etc., elementos que usted conoce de sobra y que no obran el documento objeto de estas líneas. Agradezco su réplica pero no encuentro en ella planteamientos serios, más allá de su preferencia por el uso de adjetivos, que me haga replantear mis argumentos de fondo.
La obsesión desmedida en los temas de mi preferencia, en efecto, consta en los documentos que he publicado. En todo caso, se hace patente en las argumentaciones realizadas al documento que su instituto dio a conocer. Al hacerlo público, estoy seguro de que conoce los alcances y debates que puede generar y que incluso es deseable que ocurran. Lamentablemente, la mención prejuiciosa de calificativos a título personal con los que pretende nutrir su derecho de réplica demerita el nivel de debate y lo convierte en su propio round de sombras.
Si bien no me considero un defensor de los sistemas presidenciales como prejuiciosamente menciona, tampoco soy el más ferviente admirador de los sistemas parlamentarios como la panacea para resolver nuestros problemas internos. Una vez más, promover como remedio mágico uno u otro sistema sin considerar de manera seria sus desventajas y desconociendo el contexto nacional, sería tan intrépido como saltar al vacío.
Concluyo: uno de los problemas políticos serios en México, desde mi punto de vista, también lo es el protagonismo a ultranza de quienes participan como actores, o incluso como narradores y promotores de grandes soluciones. Gobernar con pluralidad también implica, desde la base, escuchar con pluralidad.
Coincido con usted: un buen comienzo sería publicar este documento por ambas partes, ustedes en su página y yo en el blog donde colaboro cada semana.
Saludos,
Fernando Dworak
















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