La reelección, ayer y hoy. Reduce el poder de los partidos y abre más espacios a la opinión ciudadana.

March 30, 2010 at 11:16 am, Category: Uncategorized

El 9 de febrero de este año se publicón en el Excelsior este artículo de Ricardo Pascoe, continuando con sus opiniones a favor de la reelección.

Es una percepción generalizada que la Constitución de 1917 prohibió la reelección en todos los niveles de gobierno. Y se ha reforzado recientemente con el debate, abierto por el presidente Calderón, acerca de la necesidad de una reforma política que incluyera, entre otros temas, el de la reelección. Los argumentos en contra se basan en una supuesta adhesión coherente a lo planteado por los Padres de la Patria en 1917.

Nada más falso. De hecho, la consigna emblemática de la Revolución Mexicana (“Sufragio efectivo, no reelección”…) tenía un destinatario preciso: Porfirio Díaz. La Constitución del 17 prohibió expresamente la reelección presidencial, pero permitió y avaló la indefinida de legisladores, gobernadores y presidentes municipales. Así sucedía en México, hasta que Plutarco Elías Calles decidió cambiar las reglas del sistema político, en un intento por controlar al país en su conjunto y, con la lógica militarista (en cierto modo comprensible para la época) de que la única manera de pacificar a México era centralizando los procesos de reparto del poder, ya sea a nivel municipal, estatal o nacional. De hecho, eliminar la reelección era el complemento electoral necesario para que ese control político tuviera su expresión en la creación del partido hegemónico, el Nacional Revolucionario (PNR), en 1928. Suprimir el derecho a la reelección se dio en 1933, cuando era ya un requisito para la “institucionalización” de la Revolución y de su brazo político: el PNR.

La no reelección, aún envuelta en la bandera de nacionalismo revolucionario o en cualquier otra, fue desde su concepción un instrumento creado para consolidar el control político de un partido hegemónico. Es decir, la no reelección sirve a los intereses de los capos de la política, pero en ningún momento atiende la representatividad de la ciudadanía. En 1933, el concepto de ciudadanía era algo lejano y básicamente inexistente para el interés de la clase política. Lo importante no eran los ciudadanos, sino los grupos de interés. Mucho menos se hubiera entendido que la reelección no es un privilegio de los políticos, sino un derecho y una prerrogativa de los ciudadanos. Y que éstos deben tener la posibilidad de calificar a sus gobernantes, incluso reprobándolos al no refrendarles una nueva gestión. Difícilmente puede haber mayor prueba para un político que ésa.

En el debate contemporáneo sobre el mismo tema, llama la atención cómo las direcciones partidistas toman la idea de la reelección casi como una afrenta personal. Lo que está en juego para éstas es la posibilidad de controlar el juego interno de cada organización, de repartir privilegios y favores a sus incondicionales, mientras castigan y aíslan a sus detractores. La no reelección abre esa posibilidad por lo menos cada tres años, mientras que la reelección reduce los ámbitos de poder de cualquier liderazgo dentro de un instituto político. Por ende, la reelección reduce el poder de los partidos y abre más espacios para la opinión ciudadana. Esa dinámica debiera verse como algo beneficioso para la sociedad y el desarrollo de su cultura política y cívica.

El debate sobre la reelección abre un compás de espera ante ésta y otras reformas. Los partidos están obligados a ofrecer una respuesta a la irritación social y al fastidio ciudadano con los partidos, sus conductas y las opciones futuras. Es más que evidente que no puede haber demora alguna en el traslado de poderes y facultades desde las instancias partidistas y gubernamentales hacia la ciudadanía. En su tiempo, se entendió como la mejor forma de dar continuidad a los acuerdos políticos centrales de la época, a fin de asegurar una transición entre la Revolución y la institucionalidad pacífica, mientras que hoy será un instrumento de la ciudadanía para ejercer mayor control, o capacidad de castigo, a una clase política que se alista para nuevas jornadas electorales.

*Especialista en análisis político

ricardopascoe@hotmail.com

Ricardo Pascoe Pierce

9 de febrero de 2010

Excelsior

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User Comments

  1. el arquit.

    On March 30, 2010 at 5:43 pm

    lo que pasa con la evaluacion no es realmente el problema ,el problema esta el el cambio de nuevas cabezas, nuevas mentes en las camaras representadas por una asamblea ciudadana y ser elegidos por nosotros para peder evaluar y analizar las responzabilidades asignadas por nosotros,no necesitamos mas fosiles que desde añales atras siguen enriqueciendoce en cargos de ciertas instituciones y que cuando meten la pata, se la pasan sentados en sus curules en espera de otro hueso.lo importante, que buscan los ciudadanos son personas con iniciativas positivas,dispuestas a todo tipo de evaluacion y analisis de su trabajo y que principalmente este conciente que el gobierno y las instituciones: NOS PERTENECEN y que en cualquier momento y atoda hora tienen que responder a nuestras necesidades,por ello nosotros debemos elegir y nombrar a nuestros representantes de gobierno.

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