Para que bailen al son de sus representados
El domingo pasado se anunció, con bombo y platillo, una iniciativa para abolir la absurda prohibición de que legisladores y alcaldes puedan aspirar a reelegirse en sus cargos. Varias iniciativas como ésta naufragaron anteriormente, la última de envergadura respetable en 2005. La actual presenta la novedad de que fue el Presidente mismo quien se comprometió a someterla al Congreso.
El origen presidencial servirá para darle vigor a esta importante discusión, pero sin duda le dará también pretexto a la oposición para torpedear la reforma. Es imperativo entender que su aprobación no sería una dádiva al presidente, sino que los beneficiarios netos serían los ciudadanos y nuestra joven democracia.
En su clásico Poliarquía, Robert Dahl lista siete condiciones necesarias para la democracia. El gobierno debe emanar de la voluntad popular, en elecciones periódicas, por sufragio universal y en las que cualquier ciudadano puede aspirar a competir. Debe garantizarse la libertad de expresión (en particular para criticar al gobierno y sus oficiales) y la de asociación. Múltiples fuentes deben competir por informar al ciudadano.
Quien conozca México notará una omisión mayúscula en los siete requisitos de Dahl. Poder aspirar a reelegirse en el cargo es también fundamental para la salud democrática. Es el octavo elemento. La diferencia entre prohibir la reelección inmediata y permitirla (como hacen hoy todas las democracias del mundo excepto México y Costa Rica) puede resumirse en votar con base en lemas y promesas o votar con base en hechos y resultados. Todos podemos prometer las perlas de la virgen, pero muy pocos podremos entregarlas.
Permitirle al representante, al concluir su mandato, acudir nuevamente a su electorado para pedir su voto garantiza que se le evalúe por sus logros y no por palabras vanas. ¿Qué representante de un distrito de clase media y que aspire a reelegirse hubiera apoyado un aumento de impuestos a los contribuyentes cautivos? Ninguno, como nadie nos anunció tampoco que lo haría en la pasada campaña.
Desafortunadamente, la reelección atentará contra el interés de los liderazgos partidistas. Legisladores y alcaldes incapacitados para reelegirse dependen de la magnanimidad del partido para obtener su siguiente nombramiento. La no reelección es una fórmula idónea para que los representantes bailen al son de los apparatchik partidistas y no al son de sus representados.
Rechazar esta reforma no será una victoria contra Calderón. Será otra derrota ciudadana. Es vital impedir que vuelva a naufragar. La reelección inmediata, al restaurar la representación política, logrará que todo lo demás caiga en su sitio tarde o temprano.
Eric Magar. Profesor e Investigador del Departamento de Ciencia Política del ITAM.







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